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TRAS LAS 12 CAMPANADAS

Política boliviana – 100 días.

Como todo enamoramiento político, el hechizo dura 100 días. Después llegan las 12 campanadas y la credibilidad queda expuesta.

Los politólogos lo repiten hasta el cansancio: los primeros 100 días son el período donde el amor político todo lo puede. La esperanza lo justifica todo. El electorado mira al ganador como sobreviviente heroico de la contienda, caballero exhausto que pasea sus harapos de campaña por los pasillos de la gloria recién conquistada.


Pero todo enamoramiento tiene fecha de vencimiento.


El gobierno de Rodrigo Paz Pereira ya cruzó esa frontera simbólica. Los 100 días pasaron. La efervescencia bajó. Y cuando baja la espuma, aparece la sustancia.

Todo gobierno tiene fortalezas y debilidades, virtudes y miserias. Eso no sorprende. Lo que sí sorprende es cómo se administra el primer capital político: la credibilidad.

En estas semanas hubo dos hechos que, desde la comunicación política, no son menores. No son anécdotas. Son señales.


·        El primero: las declaraciones de la viceministra de Autonomías, quien cuestionó públicamente la interpretación del 50/50 en las subnacionales, sugiriendo que no se trata de “tomar el 50% y hacer lo que quieran”. Más allá del fondo técnico, la forma instala un mensaje de control central y desconfianza.

·        El segundo: los comunicados sobre la calidad de la gasolina Especial Plus. Al asegurar hoy que el combustible cumple estándares internacionales tras nuevos controles, se abre inevitablemente una pregunta incómoda: ¿y ayer? Si hoy está garantizado, ¿antes no lo estaba?.

 

La credibilidad no resiste bien esas fisuras.

La política vive de coherencia narrativa. Cuando lo dicho y lo actuado no dialogan, aparece la herida, a la que llamo “la herida de la credibilidad”.

Y esa herida no sangra en los titulares. Sangra en la percepción.


En campaña escribí que el binomio ganador funcionó como un espejo de la realidad boliviana: “todo lo amarramos con goma”. Improvisación eficiente. Desorganización funcional. “Echarle, que después arreglamos”.

 

Eso enamoró.

Porque el votante no vio desorden. Vio autenticidad. Vio aguante. Vio pragmatismo cotidiano elevado a épica electoral.


El problema es que el pragmatismo sirve para ganar elecciones, pero no siempre alcanza para gobernar.


En la calle boliviana la improvisación es herramienta de supervivencia. En el mercado, en el transporte, en la pequeña empresa, la solución es aquí y ahora. El largo plazo es lujo.


Pero el Estado no puede vivir solo del aquí y ahora. Y cuando el espejo de campaña se convierte en método de gestión, el encanto empieza a romperse.


Los 100 días ofrecían una oportunidad: consolidar relato, ordenar estructura, fortalecer coherencia. En cambio, el gobierno empezó a mostrar señales que tensionan su propio capital inicial.


El combustible impacta en la población.

Las declaraciones impactan en la clase política.

Ambos afectan lo mismo: confianza.

Y sin confianza, no hay gobernabilidad sólida.


El día 101 siempre llega. Las doce campanadas suenan para todos. Y cuando suenan, el Hada Democracia deja de repartir hechizos.


Lo dicho… dicho está.

Lo actuado… actuado está.

Ahora comienza otra etapa: la del desgaste o la del aprendizaje.


Porque en Bolivia la política exitosa no es la que mejor promete, sino la que logra sostener coherencia entre relato y gestión.

 

El enamoramiento terminó.

Lo que viene es credibilidad o desencanto.

Y eso ya no depende del hechizo. Depende del gobierno.


Por Victor Olivares

 
 
 

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